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A VIAGE TO THE COUNTREE OF XERBUD-Uma relaçom dellas marabillas habidas et istorias vividas por fra Lorenço de Brancanada en suo viage a il fabulosso reyno de Serbudia- |
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April 23 La frágil paz de OlimpiaA TODOS LOS CIUDADANOS, VECINOS Y PEATONES DE LA SERENÍSIMA REPÚBLICA DE XERBUD la Comisión de Nuevos Conocimientos
del Santuario de Xerbud
(gracias a los servicios de la Siempre Bien Subvencionada Orden de Hermanos de los Caminos) informa de que LA EXPEDICIÓN DEL MUY HONORABLE CIUDADANO
continúa con Éxito Su Viaje por los Caminos, Sitios y Provincias de Oriente, acumulando Nuevos Conocimientos para Nuestra Comunidad, y, de acuerdo con estos Objetivos, nos manda un NUEVO INFORME bajo el título que cualquier Ciudadano, Vecino o Peatón de Nuestra Serenísima República podrá consultar en la Cámara de Lecturas de la Casa de Archivos de Nuestra Comunidad (una vez se hagan las Copias Debidas), tal y como figura en los Sagrados Estatutos de dicha Casa. DE TODO ELLO DA FE
el Ilustrísimo Presidente de la Subcomisión de Viajes Expedicionarios
y Ciudadano de Nuestra República
VERIDIANUS VERITAS
(FIRMANTE) (HÁGASE CLICK SOBRE LOS TÍTULOS.) July 12 El conde de Montecristo (I)1. El conde de Montecristo. Una breve introducción Muchos de vosotros, tanto mis queridos lectores de Coruña (si seguís ahí) como mis apreciados lectores de Santiago (es decir, aquellos que conozco de la Universidad), me habréis oído mil y una veces hablar de El conde de Montecristo. Si no es así, evidentemente se habrá debido a mi elegantísima discreción, a mi proverbial buen gusto y a mi compromiso personal con el derecho de todo el mundo a no escucharme. Por desgracia, seguro que me habréis tenido que soportar. Esto que os escribo aquí es, metafóricamente, dos tazas más de lo mismo. Salud. ¿Qué es El conde de Montecristo? Esta pregunta, que suena ridícula en labios de alguien como yo, hombre cultivado donde los haya, puede estar vagabundeando en estos momentos en la mente de alguno de vosotros. Pues no se hable más: os ilustraré. El conde Montecristo es una de las más aclamadas novelas de Alexandre Dumas padre, un célebre escritor francés del siglo XIX, autor, por ejemplo, de Los tres mosqueteros y sus dos secuelas, Veinte años después y El vizconde de Bragelonne. Por su forma y contenido, El conde... puede considerarse sin lugar a dudas parte del género clásico de la novela de aventuras, que remonta sus ambiguos orígenes a títulos como La Odisea de Homero (que es, más concretamente, una epopeya llena de aventuras aunque no una novela) y llega hasta nuestros días (un poco agotada) tras haber dado a luz clásicos de la literatura como Los viajes de Gulliver, Las aventuras de Tom Sawyer, La isla del tesoro o, en el mundo del cine (donde rejuvenece milagrosamente), las películas de Indiana Jones o ciertos westerns. El caso es que el género de aventuras, tan amplio en el tiempo y en producción, es más bien (o también, mejor dicho) una especie de supragénero transversal que ha sido origen de otros géneros o de subgéneros de géneros no propiamente de aventuras. Así, la fantasía en sus tres vertientes (fantasía mágica, terror y ciencia-ficción) o la literatura y el cine de espías cuentan en su haber con multitud de obras que podríamos considerar aventurescas (desde Conan o Star Trek a Misión Imposible). ¿Qué une a todas estas novelas? Si contestáramos a esta pregunta con una obviedad como "la aventura" no andaríamos muy desencaminados. En este género cobra especial protagonismo el argumento sobre el tema, el desarrollo sobre el mensaje y, especialmente, los escenarios: misterios, viajes, grandes retos, obstáculos, exotismo, maravillas. Lo aventuresco no es descripción: es pura narración. Es todo lo que una vez fue la literatura, hace mucho mucho tiempo. Es el cuento de Caperucita y es la mitología de los indios norteamericanos. Es, como comprenderéis los que me conozcáis, un género que me va. (Y aunque os parezca que esto ha sido una disertación gratuita, un irse por las ramas, la realidad es que el corazón de El conde de Montecristo es, de forma esencial y radical, la propia aventura y el afán de sorprender.) De cómo llegó a mis manos esta novela Ahora bien: si hubiera que señalar con dedo rígido y grito de alarma a alguien, y culpar a ese alguien por el crimen de haberme metido en la cabeza esta pequeña obsesión, ese alguien sería mi compañero de San Agustín, co-director de ATOPD y amigo, Joaquín Mosquera. Fue él. Él y su ripioso gusto por las pelucas dieciochescas y la literatura clásica, que un día aciago dieron con la dichosa novelita. Una vez leída, el susodicho Joaco decidió contagiarle su nuevo fetiche literario al que -imagino- debió considerar merecedor de semejante castigo: es decir, a mí. (Debía ser porque yo andaba por ahí; esto es, por mi habitación.) Yo, ignorante, dejé que la inocente curiosidad que de mi niñez conservo se interesase por un argumento tan interesante como el que mi amigo me pintaba. Le pedí a mi padre El conde... por mi vigésimo cumpleaños (del que pronto hará un año). El mal ya estaba hecho. Una historia hermosa y terrible a la vez (No desvelaré ni detalles, ni líneas argumentales secundarias, ni iré muy lejos en la línea argumental central.) La historia de El conde... es una historia de venganza (o justicia), de perdón, de amor, de aventuras y mucho más... Pero es, ante todo, la historia de un hombre: Edmond Dantès. 1915. El joven Edmond Dantès es feliz en Marsella: su padre, un viejo entrañable, le ama y está orgulloso de él; a sus diecinueve años, acaba de ascender al rango de capitán del barco Faraón, en el que trabaja para el naviero Morrel, un jefe justo y generoso; Mercédès Herrera, su amada, ha aceptado casarse con él; es joven, y le espera una hermosa vida por delante. Pero esto, paradójicamente, no podía atraerle más que desgracias: Fernand Mondego, primo de Mercédès, también la ama, y ahora envidia a Edmond con todo su temperamento español (desciende de catalanes, como Mercédès); también le envidia Caderousse, un sastre, vecino de su padre; Danglars, segundo de abordo y contable del Faraón, odia al muchacho Dantès por haberle robado el ascenso; y Villefort... Bueno. No digo más. El caso es que, estos cuatro, juntos y por separado, acaban consiguiendo que el pobre Dantès acabe con sus jóvenes e inocentes huesos en la prisión del Castillo de If (Château d'If), donde se hecha a los presos políticos a los que no se quiere volver a ver, y allí le olvidan y dan por muerto. Nada más lejos de la realidad. En el propio castillo, varios años después de su encierro y cuando ya casi ha perdido toda esperanza, Dantès conoce a un hombre extraordinario, el abate Faria, que le hará recobrar las ansias de vivir y le enseñará multitud de conocimientos, prácticos y teóricos, hasta convertirlo en un héroe de infinitos recursos mentales. Y con las ansias de vivir y el conocimiento (sobre todo el conocimiento de la traición de que ha sido víctima y de los propios traidores), nace la sed de venganza que se converitrá en el leitmotif de toda la obra y convertirá a Dantès, prácticamente, en un semidios con un solo objetivo. Pero un día, el anciano italiano muere, y al morir le da a Dantès el mapa de un gran tesoro que lleva cientos de años escondido en la isla de Montecristo. Cuando al fin logra escapar (tras trece años de encierro), Dantès encontrará el tesoro de Montecristo y lo usará para hacer justicia, vengándose de sus enemigos y protegiéndo a los que siempre le ayudaron. Pero aquel joven marsellés, ahora convertido en un superhombre, un ángel de la venganza, tiene un deber que cumplir. Su alma le exige vendetta. Qué haré y por qué quiero que me leáis Para terminar por ahora, os explicaré de qué va todo esto: El conde de Montecristo, sencillamente, me ha encantado. Me ha encantado, así de claro. Y quiero compartirlo con vosotros, transmitiros mi alegría y mi buen humor e impulsaros, si es posible, a que algún día leáis esta magnífica novela. Sólo así, y si finalmente os gusta, podréis entender de verdad mi opinión. El cómo lo voy a hacer, sobre todo sin haber leído antes ningún trabajo sobre dicha novela, es igual de sencillo. De hecho, confío en poder hacer un buen análisis (un análisis cercano, al fin y al cabo) justamente por no haber leído ningún trabajo serio sobre el tema. Confío en mi propio juicio, el charlado con otros amigos que la han leído y he dibujado en una servilleta de papel un pequeño esquemita que me irá guiando en la caótica sopa de todo lo que os quiero contar. Y, bueno, supongo que habrá muchos estudios realizados sobre esta obrita, que se escribió inicialmente para ganar dinero y que al final se convirtió en un clásico de la literatura universal, pero, con toda humildad, creo que os resultará más cómodo leerme a mí. No todo el mundo tiene tiempo para leerse un ensayo sobre cada libro que decide leer, ¿verdad? Pues eso. Gracias por llegar hasta aquí. Espero que pronto haya más, y, por supuesto, si alguien quiere hacerme algún comentario (por ejemplo, para suplicarme que no siga, o para mandarme directamente a la mierda), aquí abajo tenéis un enlace con el editor de comentarios. No dejéis que coja telarañas. April 14 Del llanto y del miedo El primero, el síntoma más claro y más poderoso, la manifestación más auténtica y sincera que nuestra mente (o nuestro cuerpo) puede producir. El segundo, una de las emociones más atávicas, más prístinas, más originales que puede sentir un ser humano. Son el final y el principio, el omega y el alfa, respectivamente. La tumba de la luz y la fuente de la vida. Y servidor, en apenas un día y pico, ha experimentado ambas.
(Disfruten de esta pequeña disertación.)
Todo empezó ayer por la tarde, viernes 13 de abril de 2007. Llegué a mi casa a eso de las 18.00: mi madre estaba dando clase a uno de sus alumnos, la saludé y merendé algo. Tenía una hora y media antes de tener que coger el bus para bajar a Coruña (vivo en un monte de sus afueras y había quedado a las ocho con un amigo y una amiga), así que me puse a ver la tele y descubrí que estaban echando Carros de fuego en un canal del cable. Aunque ya estaba acabando, decidí verla. Mi madre acabó su clase, llegó su novio y se fueron a dar un paseo; yo seguí viendo aquella película... hasta el final. Sin saber muy bien cómo (unas frases de epílogo, esa voz que antiguamente caracterizaba a un narrador, una estampa de hombres corriendo por la playa, música), de repente me encontré profundamente emocionado y llorando a moco tendido. Ahora pregunto: ¿¡cómo es posible que una serie de estímulos amañados (pues eso es el cine: música, palabras, imágenes... dispuestas artificiosamente) puedan hacer que pierda el control de mis pensamientos y de mis actos de esa manera tan lastimosa!? ¿Cómo es posible que lo que no hace la desgracia de un amigo y compañero o la muerte de un ser querido lo haga esa mentira en diferido, ese engaño enlatado...? Eso debe de ser lo que llaman arte, auténtico arte. Eso debe de ser, y no los insulsos cuadros de Picasso o ese bodrio al que califican de hito de la literatura en castellano, el Quijote. Pero esto no importa. El otro momento en que (casi) lloré este fin de semana fue este mediodía, en casa de mis abuelos. No fue tan inesperado como ayer, lo que, junto con el hecho de estar acompañado, contribuyó a que me controlase. Estaba viendo en la tele Futurama, una serie cómica de animación. Una de las bondades de esta serie es que tiene momentos (o episodios enteros) en los que realmente uno se llega a emocionar. El que vi hoy fue el titulado en castellano La suerte del Frylandés. No diré de qué va: simplemente comentaros que tuve que hacer un esfuerzo de autodisciplina física para no llorar.
En ambas ocasiones, el denominador común es complejo: un producto audiovisual (una construcción artística) produjo en mí la irrupción descontrolada, confusa y repentina de una miríada de emociones (difícilmente definibles) que me hicieron llegar al borde del llanto (cuando no al llanto mismo). Y de eso os hablo: del llanto. El llanto es la pérdida más o menos completa (y más o menos involuntaria) del control de todos los canales que usamos para comunicarnos: los gestos faciales, los movimientos, las palabras, las miradas... Toda nuestra expresividad estalla de repente (más de repente cuanto más lo intentamos controlar y fallamos) en un todo reconocible: sonido inarticulado, lágrimas, musculos faciales contraídos, mirada perdida, etc. El llanto es el principio del fin del autocontrol y, cuando se calma, (y sólo entonces) volvemos a tener las riendas de nuestra comunicación y de nuestra acción. O bien es una situación absolutamente agobiante, o bien estalla por un agobio insoportable. La verdad, en realidad, es irrelevante: llanto y agobio son fenómenos simultáneos. Para mí, que soy una persona que valora hasta lo indecible la cordura, la frialdad, la mente serena, la consciencia, el pragmatismo y la razón; para mí, digo, el llanto es el horror. El fin. Incluso cuando es permitido. Porque, algunas veces, es una concesión que nos hacemos para desahogar la tensión interna. Otras veces, evidentemente, es una licencia que se toman nuestro cuerpo y nuestra mente sin consultarnos, simplemente porque lo necesitan, simplemente porque no pueden hacer otra cosa. En ambas situaciones, es algo agónico. Sé, como todos sabéis también, de lo que hablo: he llorado estas dos veces, y he llorado otras que no recuerdo; incluso he estado a punto de llorar muchas otras veces. Ahora os hablaré del miedo y de la relación que hay entre éste y el llanto.
El miedo, como dije antes, es la emoción primera, la experiencia que nos conecta con el despertar de nuestra consciencia. Incluso los animales lo sienten, aunque sospecho que su miedo es ligeramente diferente (opinión que mantendré hasta que un especialista me lo niegue). Es la primera opinión que tuvo nuestro cuerpo después de "¿Pero qué demonios...?" y será, sin ninguna duda, la última que tenga justo antes de "¡Así que era eso...!". El miedo impulsa nuestras acciones (y las de los demás) de una forma muy peculiar: escondido tras las emociones más complejas. De esta forma, el amor puede ser miedo a la soledad y a la nada; la devoción religiosa, miedo a la muerte; la inquietud intelectual, miedo a la ausencia de sentido; el valor, miedo al fin de la libertad que supone dejarse llevar por el propio miedo; el odio, miedo a los demás... El miedo es una fuente tan original (tan auténtica) del proceder humano que sólo puede compararse con otras como la razón (madre del humor, la resignación y el escepticismo), el amor a la vida (sólo este amor), el deseo puro e instintivo o la atractiva promesa de paz de la muerte (una forma entre otras de la atracción de la nada, de la locura). Hasta aquí del miedo.
En cuanto a la relación entre llanto y miedo, seré breve. Mis experiencias de fin de semana me han hecho vivir en mis propias carnes un mágico ciclo que une estas dos claves de la psique humana, principio y fin de nuestra conducta. Porque la verdadera razón que hizo que llorase con el final de Carros de fuego o con aquel capítulo de Futurama no fue ninguna de las emociones complejas que entonces me embargaron (centradas en torno a la fugacidad de la vida). Realmente, fue el miedo en el que todas ellas desembocaron cuando llegaron a ciertos límites el que me hizo caer en el llanto. Todas las emociones (la emoción, por definición) son completamente contrarias a la calma consciente que es fruto de la razón. Por esta razón, cuando la emoción se intensifica hasta cruzar lo que podríamos llamar umbral de irracionalidad (esto es, cuando su sinsentido y su pasión se hacen incompatibles con mantener la mente serena), sencillamente, caen hacia las formas de emoción más salvajes, más incontrolables: a veces, caen en el miedo; otras veces, en el amor a la vida (siendo el resultado una especie de euforia), y otras, en el deseo y la pasión. Cuando es en el miedo donde caen, el llanto es sólo cuestión de tiempo. En mi caso, fue sólo cuestión de segundos. Y una vez en el llanto, a veces nace un nuevo miedo: el miedo al descontrol que supone ese llanto, un agobio indescriptible sólo comparable al que sienten muchos niños (y algunos adultos) cuando se encuentran en la oscuridad. Por eso digo que el llanto es la tumba de la luz: porque es la tumba de la lucidez, el sepulcro de la consciencia. No es que sea imposible salir (de hecho, es también cuestión de tiempo, de segundos), pero sin duda es una horrible sensación: el llanto, que brota de nuestros corazones a causa del miedo, y que puede hacer renacer el miedo en nuestros corazones.
Así que sólo era eso: que lloré al final de una peli y al ver una serie de dibujos animados. Sólo quería deciros eso.
Buenas noches.
March 06 Recuerden, recuerden...Remember, remember the fifth of November:
the gunpowder, treason and plot. 'Cause I [see/know] of no reason why gunpowder treason should ever be forgot. Guy Fawkes, Guy Fawkes, 'twas his intent
to blow up [the] King and [the] Parliament. Three score barrels [of powder/were laid] below [poor old England to overthrow./to prove old England's overthrow.] By God's [providence/mercy] he was catch'd
with a dark lantern and a [burning/lighted] match. Holloa boys, holloa boys, [make/let] the bells ring! Holloa boys, holloa boys, God save the King! tonadilla popular inglesa sobre la Conspiración de Pólvora
February 19 El príncipe y Oso Oterovich El otro día terminé mi narración justo antes de empezar a contaros lo que le pasó al mayor de los tres príncipes hermanos, ¿verdad? Muy bien: hoy seguiré desde ahí.
...
Muy atrás y al oeste quedaban ya los lindes del reino de su padre, cuando el príncipe Viriato llegó a una región boscosa llena de altos árboles de copas frondosas. Y debió de llegar en invierno, se dijo, pues ni animales ni gente encontró, y la nieve se extendía densamente por todo el suelo del bosque, haciendo del avance una tarea harto difícil. En estas estaba, pensando ya en dar la vuelta o poner la marcha atrás y mirar por el retrovisor, cuando, de repente, un aullido, un lamento de tintes bestiales sonó larga y profundamente en la fría atmósfera selvática, no una sino varias veces. Incapaz tanto de ignorar los lastimeros gritos de auxilio como de volver por donde vino (su primera idea), Viriato decidió seguir adelante.
Unas cuantas señales de "¡Peligro! ¡Retroceded antes de que sea demasiado tarde!" más tarde, Viriato llegó a un claro en el bosque en el que un oso de considerables dimensiones se revolvía en el suelo, sujetándose las costillas. Junto a él, restos de cristales y un coche estacionado con un faro roto. No había marcas de frenazos ni nada parecido. El oso vestía un chaleco gris, unos pantalones bombachos marrón oscuros y unos mocasines de piel de persona.
-Hermano oso, ¿qué os ha sucedido? -preguntó intrigado Viriato, pero sin temor, pues estaba ante una criatura tan bien conjuntada que, evidentemente, no podía ser maligna-. Os veo en el suelo, en lo que parece un claro caso de atropello, pero no veo marcas de frenazos ni nada parecido. Sinceramente, estoy intrigado, aunque sin temor, pues sois una criatura tan bien conjuntada que, evidentemente, no podéis ser maligna.
-Gracias por tener tan buen gusto, amable desconocido -dijo el oso desde su posición-, pero mi situación es tan vergonzosa que no sé si contárosla. Me llamo Oso Oterovich, y soy un oso, como ves. Pero, ¿con quién tengo el honor de hablar?
-Encantado, Oso Oterovich: me llamo Viriato, y soy el hijo del... -se interrumpió el príncipe, pensando que quizás sería conveniente guardar su identidad por el momento-. De un zapatero. Eso es. De un pobre zapatero.
-¡Oh! Qué curioso... ¿Sabéis que os llamáis igual que el hijo mayor del rey del reino de al lado?
-Eh... ¿Ah, sí? Qué... hm... qué curioso, ¿verdad?...
-Sí, mucho... ¡Muy bien, Viriato Tzapaterovich! Encantado de conoceros. Si aceptáis ayudarme, os contaré mi historia.
-Dejad que me lo piense, amigo oso.
El príncipe se lo pensó unos minutos durante los cuales el oso siguió revolviéndose en el suelo.
-Muy bien, acepto. ¿Qué he de hacer?
-En primer lugar, deberéis ir hasta un manzano que se encuentra al oeste de aquí y traerme una de sus manzanas mágicas curativas Golden Delicious. Pero guardaos de comer alguna, porque son especiales para osos convalecientes y si lo hacéis, moriréis. Traedme una y os contaré mi historia.
-Muy bien -dijo Viriato, ya marchándose-. Dejaré a mi caballo aquí, ¿vale? No os lo comáis, ¿eh?
-¡Jojojo! ¡Qué cosas tenéis, Tzapaterovich...!
-Ya... sí... je, je...
Cincuenta y tres desconfiados minutos más tarde, Viriato volvía a través del bosque cargado de manzanas mágicas curativas Golden Delicious, cuando una quebrada voz le llegó desde lo alto.
-Quédate con una manzana.
Era un cuervo, en la rama nevada de un árbol cercano.
-¿Q-qué dem...? Ah. Sois vos, hermano cuervo. Os saludo. ¿Qué decíais?
-Ya me has oído, pardillo. Quédate con una manzana. Oso Oterovich no te lo ha dicho, pero esas manzanas curativas...
-Mágicas curativas.
-¡Maldita sea! ¿Quién lo sabe: tú o yo? -dijo enfadado el cuervo mientras Viriato se encogía inocentemente de hombros-. Muy bien: pues decía que esas manzanas mágicas curativas Golden Delicious tienen poderes especiales que pueden serte muy útiles. Quédate con una para, llegado el momento, poder usar sus cualidades.
-¡Oh! ¡Entonces el oso me ha mentido! -estalló el príncipe enojado-. ¡Menuda afrenta! Le... le... Hm... -Viriato se quedó pensativo. Después, dirigiéndose al cuervo, preguntó-. Hermano cuervo... ¿me recomendáis que... hm... que mate al oso? Ya sabéis, como en los cuentos: me acerco a él para darle la manzana y... ¡Zas! Otro habitante mentiroso para Muertovilla. A lo mejor tiene alguna voluptuosa princesa encerrada y...
-¡Menuda tontería! Una voluptuosa princesa... Estúpido. Mira, Oterovich es un buen tipo pero, como a toda persona con dos dedos de frente, le cuesta confiar en alguien que va diciendo por ahí que es hijo de un pobre zapatero mientras va enfundado en una armadura de la mejor calidad, lleva una espada con la última tecnología colgada al cinto y viste ropajes de seda, armiño y otras ricas pieles como si nada.
-¿Sabéis que eso son prejuicios de clase...?
-¡Al infierno! Quédate con una puta manzana si quieres. Puede que el oso al final confíe en ti y te dé una. Quién sabe...
Sin añadir nada más, el cuervo levantó el vuelo y se perdió entre los árboles. Viriato, prudentemente, decidió guardarse no una, sino tres manzanas para sí (nunca se es demasiado prudente, pensó) y se puso de nuevo en camino hacia el claro donde esperaba Oterovich. Una vez allí, se acercó al oso (que seguía en el suelo y no se había comido ningún caballo) y le ofreció una manzana, que éste se comió. Como por arte de magia, Oso Oterovich se puso en pie perfectamente curado y se sacudió la nieve de la ropa. Viriato exclamó asombrado:
-¡Fantástico, hermano oso! ¡Estáis curado! ¡Realmente son milagrosas estas manzanas!
-Sí, jojo, sí que lo son. Veréis, hermano... eh... persona. Lo cierto es que estas manzanas no sólo sirven para curar a osos magullado sino que tienen otros fantásticos poderes. Lo que pretendía al deciros que eran mortales para vos y que no cogieseis ninguna era probar vuestra honestidad y ver si me podía fiar de...
Ploc, ploc. Ploc. Tres manzanas al suelo.
-Eh... Tzapaterovich... Se os han... se os han caído unas cosas al suelo.
-¡Oh, sí! Mis... mis... ¡tumores! Mis tumores... a veces se me caen y... bueno...
-Son manzanas, ¿no?
-Oung... -gimió el príncipe-. Es que, veréis, el cuervo me dijo que...
-¿Un cuervo que habla? ¿¡Qué chorrada es esa!?
Ambos se quedaron en silencio. Viriato no sabía que contestar.
-Vos... sois un oso... y habláis.
-¡Evidentemente! -gritó enfurecido Oso Oterovich-. Y ahora que sé que no me puedo fiar de vos... ¡No os contaré mi historia! ¡Muy buenos días, hermano, y que os vaya bien el viaje!
El oso ya estaba recogiendo sus cosas (un garrote monstruoso y una bolsa deportiva) para marcharse.
-¡No! ¡Esperad, hermano Oterovich! Veréis... Yo iba tan tranquilo con vuestras manzanas y... bueno... llegó ese cuervo que hablaba... No me dijo su nombre, ahora que lo pienso... Lo que pasa es que me dijo que las manzanas tenían poderes y... Sólo cogí tres... ¡El resto era para vos! No pensé que os fuera a molestar...
Pero el oso no hacía ni caso, así que el príncipe probó con su último recurso, uno que nunca había probado antes: la verdad. La patética verdad.
-¡Oterovich, esperad...! No os vayáis sin contarme vuestra historia. Os ayudaré, lo prometo. No podéis dejarme aquí sólo: no tengo nada mejor que hacer... mi casa está muy lejos... este bosque es horrible... Realmente, sois lo único que tengo (aparte de una cantidad obscenamente grande de dinero en mi bolsa). Dejad que os acompañe, por favor. Si me dejáis ir, yo también os contaré mi historia. La verdadera.
El oso se detuvo. Como todo el mundo sabe, a los osos parlantes les encantan las historias, y este no era una excepción.
-Muy bien. Os perdono. Pero no me volváis a engañar, ¿eh? O no será vuestro caballo lo único que me coma...
Viriato se quedó petrificado de terror.
-¡JOJOJO! ¡Qué crédulo sois, mi pequeño amigo! -rió a carcajadas Oso Oterovich-. Busquemos un poco de madera seca y os contaré, por fin, mi historia...
...
Una historia que os contaré, si así lo deseáis, en otra ocasión.
Los tres príncipes hermanos En un tiempo muy lejano, existió muy al oeste un reino como el nuestro, cuyo rey tenía tres hijos: Viriato, Wenceslao y Valentín. El mayor era el más fuerte de los tres, así como (sorprendentemente) el más bajito. Tenía el pelo negro y unos enormes conocimientos de cultura basura, al igual que de cultura en general, que le permitían mantener largas charlas sobre prácticamente cualquier tema sin que nadie notase sus escasísimos conocimientos reales. El segundo, el del medio, era alto y delgado, y tenía una brillante melena rubia oscura (que le quedaba como el culo). Era el más atlético de los tres, así como una persona sencilla y buena hasta dar asco. En cuanto al más pequeño de los tres, cuyo cabello castaño con reflejos cobrizos siempre estaba sucio y deliñado, era ingenioso y un poco cabrón (lo primero, aprendido de sus hermanos; lo segundo... también).
Un día, ya mayores los tres, llegaron a la conclusión de que había llegado la hora de que cada uno se fuera por su cuenta a ver mundo y a conquistar algún reinecillo de tercera que no costase mucho conquistar. Al fin y al cabo, los reinos se construyen así y nadie debe quedarse, llegado el momento, en el reino de su padre. No tardaron mucho en preparar los pertrechos necesarios, fueron a despedirse de su padre (al que prometieron enviarle alguna postal) y se reunieron en las puertas de palacio:
-¿Adónde iréis vos, mi comadrejil hermano mediano? -preguntó el príncipe Viriato al príncipe Wenceslao.
-Lejos de vuestro apestoso trasero, querido gordo cabrón -contestó el príncipe Wenceslao.
-Oh, perfecto, porque yo me dirigiré a las ricas tierras del este, donde nace el sol y los trabajadores cobran sustancialmente menos.
-El oeste, pues, será mi camino. He oído que es un lugar lleno de oportunidades...
-Sí, bueno, eso habréis oído... Y vos, nuestro pequeño hermano cabezón, ¿adónde iréis? -preguntó Viriato a Valentín.
-Pues si vos vais hacia el este y nuestro hermano, el príncipe Wenceslao, viajará hacia el oeste, yo me dirigiré al sur por mera eliminación: dicen que en el norte, donde moran los muertos, todo es muy aburrido...
-Sea pues -acordaron los tres.
Y así partieron cada uno por su lado sin saber si alguna vez se volverían a ver. Se dice que el menor de todos, el príncipe Valentín, llegó a la tierra de las tortugas de paja y que allí derrotó a cientos de ellas gracias a su aguzado ingenio. La gente bajita de aquellos lugares lo consideró su héroe y salvador, y lo convirtió en su rey, que gobernó con inteligencia durante muchos años. Del segundo, de Wenceslao, se sabe que llegó a un reino lleno de oportunidades en el que habitaban grandes curanderos y hombres de ciencia que no sabían lo que era el deporte. Él se lo enseñó (para desgracia de aquellas personas) y ellos, en agradecimiento, le nombraron su rey. Gobernó con bondad y amor sobre un pueblo trágicamente sobresaturado de todo eso.
En cuanto al mayor de los hermanos, el que partió hacia el este...
...
Bueno, de él y de lo que le pasó os hablaré en otra ocasión. Si queréis, claro.
December 26 Mis cuatro días del año ¡JOUJOUJOU! ¡Feliz día de Navidad a todos, amigos! (Saludo de rigor: hecho.) Supongo que la mayoría de los que me leéis ahora ya habréis recibido por correo electrónico mi particular brindis de Nochevieja (bajo un poco acertado título de Navidad). Los que no, no os preocupéis: seguramente será porque no os tengo en mi lista de contactos de messenger, o quizás por algún error informático. Si es así, decídmelo y lo arreglamos.
Ahora os diré qué me ha traído aquí. Como muchos sabréis, estamos en unas fiestas muy especiales en las que se celebran dos acontecimientos diferentes: el final del año civilizado (no el final del año agrícola-solar, ni el esotérico-lunar) con su correspondiente cambio de año, y por otro lado, el nacimiento, hace dos mil años, de Jesús de Nazaret, fundador sui generis de una religión basada en el amor al prójimo y que ha sido el principal pilar moral de la civilización occidental durante más de mil quinientos años (si es que no lo sigue siendo aún). Estos son, en principio, los hechos, pero como en toda sociedad humana que se precie, todo acontecimiento va acompañado de diversas addenda, connotaciones, significados secundarios y lugares comunes. En el caso del cambio de año, solemos regar el fin del viejo año con champán, proyectos de cambio, campanadas a nivel nacional, buenas promesas, doce uvas y el recuerdo de todo lo que ya se ha ido (¡o se está yendo!) con el año saliente. Bastante claro, ¿no? Sin embargo, el día de la Natividad (para los más lentos: Navidad) es para nosotros una fecha mucho más ambigua: belenes, niños-Jesús, sentimientos religiosos de amor y caridad, sentimientos aconfesionales de amor y caridad, buenas intenciones, reuniones de familia, el Gordo y el Niño (hablo de los sorteos, no del tipo rojo y el bebé mesías), los villancicos, los Reyes Magos (una semana y pico después), Papá Noeles de importación, nieve de película, consumismo de régimen, galas de TVE, pelis del sugénero navideño y muchos, muchos regalos. Esta es la Navidad actual: un constructo social e histórico que parte de una fuente antigua (la celebración del nacimiento de Jesucristo como forma particular de los cultos del solsticio de invierno) que se ha ido adornando, en una sociedad cada vez más multicultural, con piedad popular, alegría mágica para niños, diversas tradiciones¨modernas y contemporáneas, adornos de la era del consumo y buenos sentimientos (civil-aconfesionales) de la mejor calaña. Bueno: creo que he hecho una buena exposión de TODO lo que es la Navidad. Ahora bien, intentar definir qué es realmente la Navidad, como si se pudiese determinar qué es más auténtico y qué menos, es algo francamente pretencioso. Lo haré con un poco de humildad, entonces, para que no me abucheéis.
Yo, cómo algunos de vosotros, hace tiempo que no me considero dentro del gran (y dignísimo) colectivo religioso que es el cristianismo. Es cierto que quizás sí comparta algunas cosas con esta visión del mundo, pero hay algunos puntos en los que la Santa Madre Iglesia y yo somos irreconciliables. No hablo de cosas tan reprochables por todos como el abandono del ideal de vida apostólico por parte de los clérigos o la laxitud moral de muchos creyentes. No hablo tampoco de la pasividad de la Iglesia católica frente a grandes desgracias de la historia (y actuales), y tampoco hablo, ni siquiera, de la institución milenaria que es la Iglesia católica en sí, con todos sus defectos y vicios propios de los hombres, con su jerarquía de reyes-pescadores de toda índole. Al fin y al cabo, si yo no estuviese de acuerdo con la realidad de la Iglesia católica pero sí con los principios básicos del cristianismo podría: a) cambiar de corriente (convertirme al protestantismo o volver a la ortodoxia), o b) declararme sencillamente cristiano (cristiano ecuménico, me parece que diría Hans Küng) y desvincularme de todo lo que no sea el cristianismo más auténtico y original. Pero no; mis diferencias son con el cristianismo en sí, y no con sus formas: yo no creo que Cristo sea el Hijo de Dios (de hecho, soy agnóstico) ni creo que sea ningún mesías redentor. Para mí Jesús de Nazaret fue un hombre; quizás incluso, tal como nos lo han legado, un gran hombre, un héroe, un visionario. Su vida, obra y muerte determinaron de forma portentosa el devenir de la Historia. ¿Que más da que crea en los principios morales de esta religión? Muchos hombres buenos, de la religión que sean, comparten valores, pero una religión es algo más que valores. Por eso no soy cristiano. Por eso, y aunque coincida en un 87% con su doctrina moral y un... hm... 63%, más o menos, con su visión del hombre. Yo soy o quiero ser muchas cosas: un agnóstico de principios, un filósofo sensible, un nuevo humanista y un pagano post-moderno. Todo esto si se me permite.
Bien. Ahora que ya sabéis todo esto, os explicaré qué pretendo hacer exactamente en esta entrada: pretendo contaros a todos los que estéis interesados cuál podría ser el calendario de alguien que se declara como yo y explicaros el significado que podrían tener para mí esos días especiales del año que todos compartimos. Una tarea sencilla, y que intentaré cumplir brevemente. Ahora, no es tan extraño esto que pretendo: si mal no recuerdo, los cristianos ya hicieron antes lo mismo: cogieron las festividades del calendario popular, las de la gente con la que convivían y a la que querían llegar, y les dieron su propio significado. Yo haré lo mismo para mí, y sólo tomaré cuatro fechas:
1) El día de cumpleaños. Nuestro cumpleaños, el día en que celebramos (sic) tener un año más de vida, debería ser un día en el que recordásemos lo que se nos ha dado, empezando por el regalo más preciado de todo: nuestra propia vida. Debería servir para dar las gracias a todos los que nos rodean e, incluso, a la vida misma. Debería ser un día de felicidad al entender lo afortunados que somos. Algunos posibles nombres con los que podríamos rebautizar este día serían Día de los Dones, Día de Haber Nacido, Día de Gracias... Aunque, bueno, el nombre original tampoco está mal: Día de Cumpleaños.
2) El día del solsticio de verano. Ha sido objeto de muchas celebraciones diferentes: ... (Aquí tenía pensado mencionar las fiestas romana, celta y cristiana, pero como sólo puedo asegurar el San Juan, mejor no pongo nada. Todo lo relacionado con la cultura celta original está contaminado por neopaganismos de chufa como la Wicca. Mierda de mundo...) Para los menos avispados, decir que es el día del año en el que el sol permanece visible durante más tiempo. En el hemisferio norte, es a finales de junio (según el año occidental); en el sur, coincide aproximadamente con Navidad. Todas las culturas le han dado un significado particular pero, en la mayoría, como es propio de los solsticios y equinocios, estaba vinculada a las fuerzas de la naturaleza y a los agentes de la cosecha. En honor de todos los que han pisado antes que nosotros este planetucho, y de sus más íntimas creencias, voto porque este día (Día de los Viejos Dioses, p. e.) sirva para recordarlos a todos ellos. Y también, por qué no, para recordar todas esas fuertas mágicas y naturales en las que creyeron. Bien pensado, no conviene enfadar a posibles dioses, ¿no? (En el caso del hemisferio sur, yo celebraría esta fiesta el día del solsticio de invierno, aunque sea sólo para que no coincida con la Navidad. Al fin y al cabo, solsticios y equinocios pueden servir igualmente para recordar todo esto. Son parte del calendario agrícola-solar, verdadero representante de los antiguos cultos.)
3) El día de la Natividad (Navidad). Por supuesto, todos conocemos este día del que ya hemos hablado antes. Podría fijarme en su contenido pagano (pues coincide con el solsticio de invierno en el hemisferio norte), pero sería exactamente igual al del día del solsticio de verano, y por eso no lo haré. En cambio, prestaré más atención a nuestro legado cristiano, que aportó muchísimo al mundo con sus principios de amor y caridad. Creo que la Navidad, desprovista de su significado religioso, sigue teniendo un peso especial por todos los buenos sentimientos que nos inspira, todas las reflexiones y todo el amor que nos exige. Nos hace sacar nuestra mejor parte (por lo general) y nos hace portarnos mejor los unos con los otros. O así debería ser. Creo que este Día de Todo lo Bueno que llevamos dentro, lo mejor de lo que somos capaces las personas, debería servir para que mirásemos a nuestro alrededor y en nuestro interior e intentásemos desequilibrar la balanza que hay dentro de cada persona, esa que dice que los seres humanos llevamos dentro todo el bien y todo el mal que se puede hacer. Este día debería servir para mejorar el mundo, nuestra vida y la vida de los demás.
4) Y por último, la noche del cambio de año. En este caso, es una noche y no un día, el paso de un punto a otro, el cruce de un umbral, el final de algo y el comienzo de otra cosa. Antes de las campanadas, la última noche del año viejo (nuestra Nochevieja) es un buen momento para pensar en todo lo que se va, lo bueno y lo malo, los malos rollos y las personas importantes que se han quedado atrás, los momentos tristes y todos los buenos que ya no se repetirán. Es una fiesta eminentemente nostálgica, pero también purificadora, porque nos limpia de todo y nos prepara para el futuro. Recordar, como decía el brindis que os mandé, a "los amigos ausentes" y "los amores perdidos" es un sano ejercicio de memoria, creo yo. No hay que olvidar que somos, en gran parte, lo que hemos sido. Por otro lado, el primer día del año nuevo (nuestro día de Año Nuevo) es el momento adecuado para pensar en todos esos proyectos y promesas que queremos y debemos cumplir, con los demás, pero también con nosotros mismos (quizás sea mejor el segundo día del año, por la resaca y eso). Todos tenemos mucho que mejorar, sin olvidar que el año entrante nos va a traer muchas sorpresas, buenas y malas... Vamos, que nos lo van a poner difícil. A diferencia de la noche pre-campanadas, la noche post-campanadas es una fiesta vitalista, una fiesta de "voy a comerme el mundo; que me echen lo que quieran". Es el día de pensar en las deudas a cumplir y las metas a lograr, de "coge aire, tío, porque acabas de saltar". En cuanto al nombre que yo le daría, como vengo haciendo en esta presuntuosa entrada, no lo tengo muy claro. Hace mucho tiempo, los romanos tenían un dios llamado Jano y apodado Bifronte, que tenía dos caras, una mirando a cada lado. Era el dios de los umbrales, de las puertas, de las decisiones y de los cambios, y tenía, en el fondo, exactamente el mismo significado que vengo atribuyéndole aquí a la Nochevieja y el día de Año Nuevo juntos. Por todo esto es tentador llamarla "Noche de Jano", pero como yo no soy un pagano tradicional sino uno moderno, y como Jano es, en el fondo, un viejo dios al que ya he decidido honrar en San Juan, no voy a llamarla así. Noche del Cambio de Año es un nombre correcto, pero busco algo más sonoro... Hm... Bueno, dejémoslo en Noche del Cambio de Año, a falta de algo más original. Es un nombre hermoso en su sencillez.
Y ya está. Los que hayáis llegado hasta aquí, podéis decirme lo que queráis. Es lo menos que puedo concederos a cambio de tanto sacrificio. Y por supuesto, hay muchísimas fechas importantes no-religiosas que no he mencionado, como el Día de la Madre, el del Padre, el del Agua, el del SIDA, etc. Todos estos días son especiales para la comunidad en su conjunto, nos recuerdan valores comunes que son muy importantes, nos dan cohesión y nos conciencian de determinados temas. Los que yo he propuesto, tomando los días más importantes del calendario, son días que, por su ambigüedad y por la multitud de significados civiles y religiosos que encierran, son más importantes para nosotros a nivel personal. No me he explicado bien, ¿verdad? Lo que quiero decir es que es muy evidente lo que celebramos el Día del Agua, el del SIDA, la Epifanía o el Viernes Santo; en cambio, la Navidad, San Juan, los cumpleaños y Nochevieja/Año Nuevo son fechas que, por su popularidad, se han llenado de tantos significados buenos y malos que es fácil tomarlas y darles la interpretación que prefieras. Yo les he dado un enfoque introspectivo: como veis, en todas las nuevas fiestas que he propuesto, lo principal es mirar para nuestro interior. Creo que es un ejercicio que muchos deberían hacer más a menudo... y mucho otros deberíamos hacer menos.
Bueno, nada más. Que los vientos os sean favorables a todos.
VIRI
PS1. Je... Recuerdo cuando, hace mucho tiempo, aún os pedía perdón por la extensión de mis textos. Supongo que debo volver a hacerlo y cambiar, o me quedaré sin los pocos lectores que conservo. Gracias por seguir leyéndome, chicos y chicas.
PS2. Comentario político (cómo no): personalmente, me encanta ver a la gente haciendo profesión de fe en la calle, y muy especialmente en estas fechas. Yo no soy cristiano, pero me gusta ver a la gente cantando villancicos, y me gustan los belenes, y me encanta, me encanta de verdad, ver a la gente yendo a misa por estas fechas. La religión, cuando no hace daño ni se vuelve intolerante, es algo hermosísimo que hace a nuestras sociedades más ricas. Por eso no debe condenarse al ámbito privado, e incluso debe haber colegios religiosos (pero sin pasarse; soy tolerante pero no soy creyente, y sé donde están mis prioridades: en mi sociedad, la religión asume al humanismo como acompañante predilecto). Por todo esto, quiero condenar desde aquí la actitud de ciertos estudiantes que boicotearon cierta misa celebrada en cierto colegio zaragozano (fuera del horario lectivo, sólo para los que quisieran) en estas fechas. Eso fue una enorme falta de respeto hacia los participantes en el acto religioso, que no hicieron más que ejercer su derecho de culto y de asociación. Dicho queda para la historia.
VIRI
December 07 Tres variaciones sobre un mismo tema (I) Un gran predicador está enseñando en la plaza del mercado, y resulta que un marido encuentra pruebas esa mañana del adulterio de su esposa, así que la muchedumbre la lleva a la plaza para lapidarla hasta la muerte. (Hay una versión familiar de esta historia, pero un amigo mío, un Portavoz de los Muertos, me ha hablado de otros dos predicadores que se encontraron en la misma situación. De éstos es de quien voy a hablaros.)
[1] El predicador se adelanta y se coloca junto a la mujer. Por respeto a él, la muchedumbre se detiene y espera con las piedras en la mano. "¿Hay alguien aquí que no haya deseado a la esposa de otro hombre, al marido de otra mujer?", les dice. Ellos murmuran y dicen: "Todos conocemos el deseo pero, Maestro, ninguno de nosotros ha cometido el acto." El Predicador dice: "Entonces arrodillaos y dad gracias a Dios porque os hizo fuertes." Toma a la mujer de la mano, la saca del mercado y, justo antes de que ella se marche, le susurra: "Dile al señor magistrado quién fue el que salvó a su amante. Dile que soy su siervo leal." Así que la mujer vive porque la comunidad está demasiado corrupta para protegerse del desorden.
[2] Otro predicador, otra ciudad. Se acerca a la mujer y detiene a la multitud, como en la otra historia, y dice: "¿Quién de vosotros está libre de pecado? El que lo esté, que tire la primera piedra." La gente se avergüenza y olvidan la unidad de su propósito al recordar sus pecados individuales. "Alguna día -piensan-, puedo ser como esa mujer, y esperaré perdón y otra oportunidad. Debo de tratarla como me gustaría que me tratasen." Y cuando abren las manos y dejan que las piedras caigan al suelo, el predicador recoge una de ellas, la alza sobre la cabeza de la mujer y golpea con todas sus fuerzas. Aplasta su cráneo y esparce sus sesos por el suelo. "Yo tampoco estoy libre de pecado -le dice a la multitud-, pero si dejamos que sólo la gente perfecta cumpla la ley, pronto la ley morirá, y nuestra ciudad con ella." Así que la mujer muere porque su comunidad era demasiado rígida para soportar la desviación.
[3] La versión más famosa de esa historia es notable porque es rara en nuestra experiencia. La mayoría de las comunidades se encuentran a caballo entre la podredumbre y el rigor mortis, y cuando se desvían demasiado, mueren. Sólo un predicador se atrevió a esperar de nosotros un equilibrio tan perfecto que pudiéramos cumplir la ley y perdonar la desviación. Por eso, naturalmente, le matamos.
San Ángelo en Cartas a un hereje incipiente
Traducción de Amai-A-Tudomundo-Para-Que-Deus-Vos-Ame Cristão
103:72:54:2
-extracto de La Voz de los Muertos, de Orson Scott Card-
December 02 (Nota) Este mensaje es para dejar constancia de que me sigo preocupando por mi blog y por mis queridos lectores.
...
Sí, bueno, ya sé que últimamente no estoy escribiendo nada original (ni nada), pero seguro que es sólo una mala fase, ya veréis. He visto que otros amigos blogueros lo han dejado, como Puy hace poco, y que otros han ralentizado su ritmo, como Inés o como Sosote/Charlie. Hay otros que han cambiado su blog por un fotolog, como Vane, hace poco también, o como el Daun y Lara hace ya mucho. Es cuestión de pragmatismo, supongo: el fotolog se adapta mejor a sus necesidades y a sus deseos. Otros nunca escribieron mucho, como Joaqui u Olmo, pero bueno: es su estilo. Yo os escribo para deciros, a los que os interese, que no es ninguno de estos mi caso. Yo seguiré escribiendo, como siguen haciéndolo Anido o Chalecos, pero, simplemente, no estoy pasando por una de mis mejores etapas, ni por una de mis etapas más prolíficas: días que me quitan el sueño, sueño que me quita las clases, clases que me quitan los días, dos grupos de teatro, mi superabsorbente colegio mayor, la carrera por la carrera... Etcétera, etcétera, etcétera. Y entre estos etcéteras, está mi sempiterna cruz: para variar, estoy volviendo a pasar (como si alguna vez hubiera salido) por una más de esas crisis mías de irrealidad, una de esas que me ponen de mal humor y me hacen dudar (hasta la naúsea) de prácticamente todo lo que pienso y escribo. Y yo sólo escribo cuando estoy convencido (más acá de cualquier duda razonable) de lo que se me pasa por la cabeza. Que lo sepáis. Pero bueno, que eso, que no os preocupéis, que volveré. Tomaos esto como... eh... como un cierre por vacaciones... ¿Vale? ¡No! No: mejor, como un cierre por enfermedad. En el sentido de que no será definitivo ni prolongado, quiero decir. Y, además, mientras tanto seguiré pensando en cómo (y con qué nuevo material) volver al tajo literario-blogueril. En fin, para dejarlo claro: a mí me gusta escribir, así que no voy a abandonar este sitio, ¿hm? Ni voy a quitármelo de la cabeza aunque no escriba por un tiempo. Al fin y al cabo, no es la primera vez que me pasa algo así, ¿no? ¿Verdad que no? Bueno, os dejo por ahora. ¡Nos veremos dentro de poco, amigos! Las Navidades no pasan por mi blog sin que yo le dedique unas líneas. Palabra.
VIRI
(PS. En cuanto a mi otro blog, Caminos de Oriente, dejémoslo en que tiene una enfermedad más prolongada, y de diferente índole. Pobrecito él. Aunque teniendo un nombre tan chulo, seguro que algún día se cura. Amén, y hasta pronto.)
VIRI
October 30 ''Un inmenso mar de maldad'' El Patricio entrelazó los dedos de las manos y miró a Vimes por encima de ellas.
-Permítame que le dé algunos consejos, capitán -dijo.
-¿Sí, señor?
-Quizás le ayuden a comprender el mundo.
-Señor.
-Creo que la vida le resulta tan complicada porque piensa que hay gente buena y gente mala -empezó el hombre-. Pero se equivoca, desde luego. Únicamente hay gente mala, lo que pasa es que algunas personas ocupan posiciones enfrentadas.
Hizo un gesto en dirección a la ciudad, y se acercó a una ventana.
-Es un inmenso mar de maldad -dijo casi como si hablara de una propiedad suya-. Poco profundo en algunas zonas, claro, pero enorme, terriblemente profundo en otras. Y siempre hay gente como usted que construye frágiles barquitas de normas e intenciones vagamente buenas, y dice que eso es lo bueno, lo que triunfará al final. ¡Es increíble!
Dio una amable palmadita a Vimes en la espalda.
-Ahí abajo -siguió- hay gente que seguirá a cualquier dragón, que adorará a cuaquier dios, que cerrará los ojos ante cualquier iniquidad. Aceptarán toda la maldad cotidiana. No es maldad creativa, aguda, de los grandes pecadores, sino una especie de oscuridad masiva de las almas. Pecado sin originalidad [quizás mejor "pecado no original"], se podría decir. Aceptan el mal, no porque digan que sí, sino porque no dicen que no. Lo lamento si esto le ofende -añadió, dando unas palmaditas en el hombro del capitán-, pero los que son como usted nos necesitáis.
-¿Sí, señor?
-Oh, sí. Somos los únicos que sabemos hacer funcionar las cosas. Verá, lo único que hacen bien las personas buenas son librarse de las malas. Eso lo hacéis de maravilla, desde luego. Pero lo malo es que es lo único que hacéis de maravilla. El primer día suenan las campanas porque ha caído el tirano, y al siguiente todo el mundo empieza a quejarse porque, desde que se fue el tirano, no funciona el servicio de recogida de basuras. Porque la gente mala sabe hacer planes. Se podría decir que es un requisito imprescindible para ser malo. Hasta el último tirano malévolo ha tenido un plan para conquistar el mundo. En cambio, la gente buena no parece comprender el concepto.
-Eso es posible... ¡Pero en lo demás, está equivocado! -exclamó Vimes-. Lo que pasaba [alusión a anteriores acontecimientos] era que la gente estaba asustada, aislada...
Se interrumpió. Las frases le sonaban vacías hasta a él mismo.
Se encogió de hombros.
-No son más que personas -terminó-. Se comportan como personas, señor.
Lord Vetinari le dirigió una sonrisa amistosa.
-Por supuesto, por supuesto -dijo-. Lo comprendo, usted tiene que creer en eso. Si no, se volvería loco. Si no, empezaría a pensar que se encuentra en un puente más delgado que una pluma sobre los abismos del infierno. Si no, la existencia no sería más que una agonía oscura, y la única esperanza estaría en que no hubiera otra vida tras la muerte. Lo comprendo, créame. -Contempló su escritorio y suspiró-. Y ahora -siguió-, tengo mucho trabajo por delante. Me temo que el pobre Wonse era un buen sirviente, pero un amo poco eficaz. Así que puede marcharse, capitán. Procure dormir bien esta noche. Ah, y mañana, venga con sus hombres. La ciudad debe mostrarles su agradecimiento.
-¿Que debe qué? -se sorprendió Vimes.
El Patricio contempló un pergamino. Su voz ya volvía a tener matices lejanos y distantes del que organiza, planea y controla.
-Su gratitud -dijo-. Después de cada victoria triunfal, tiene que haber héroes. Es esencial. Así todo el mundo sabrá que las cosas han acabado bien y se puede volver a la normalidad.
Miró a Vimes por encima del pergamino.
-Es parte del orden natural de las cosas -añadió.
Tras unos momentos, hizo unas cuantas anotaciones en el papel que tenía delante. Alzó la vista.
-Ya se puede marchar, capitán -repitió.
Vimes se detuvo junto a la puerta.
-¿De verdad cree todo eso, señor? -preguntó-. ¿Cree eso de la maldad y oscuridad infinitas?
-Desde luego, desde luego -asintió el Patricio al tiempo que pasaba una página-. Es la única conclusión lógica.
-Pero... usted se levanta de la cama todas las mañanas, señor.
-¿Mmm? Por supuesto. ¿Adónde quiere llegar?
-Señor, sólo me gustaría saber por qué.
-Sea buen muchacho, Vimes, y márchese ya.
-extracto de ¡Guardias! ¿Guardias?, 8ª novela de la saga Mundodisco, de Terry Pratchett-
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